Una semana después del fallecimiento de mi hermano Padre apenas venía ya por casa. Por otro lado, Madre se pasaba el día vaciando la bodega a un ritmo vertiginoso y por lo general cualquier visitante que se presentaba con las condolencias bajo el brazo era derivado con suma destreza y habilidad por mi tío, el cual al conocer la fatídica noticia que había golpeado a la familia vino a cuidarnos.
No paraba de preguntarme que había de mal en la desaparición de un simple humano. Era mi hermano y yo le quería, pero nuestra relación no era especial. Hay millones de hermanos en el mundo. ¿Por qué esta tragedia era más importante que un huracán en el sudeste asiático o un tsunami en una isla paradisíaca?
La policía nunca encontró ninguna prueba que apuntara a mi persona como asesino y atribuían el crimen a un psicópata obsesionado con los niños. Y a pesar de que nada apuntaba a mi, mi tío no paraba de escrutarme detrás de esas gafas de concha.
Quizás mis ojos reflejaban locura, desprecio por la vida o simplemente culpabilidad, pero por algún motivo cada vez que él me miraba sentía que me preguntaría qué pasó entre mi hermano y yo en aquel castillo abandonado. Me sentía verdaderamente incómodo.
Me sentía incómodo.
Pasados unos meses padre volvió a su forma de vida habitual, y aunque con un semblante sombrío, recuerdo que en más de una ocasión lo vi hasta medio sonreír. Madre con los meses dejó de hablar y empezó a actuar como una simple muñeca que satisfacía mis caprichos. Sus delirios que yo consideraba mis favoritos eran los que iban acompañados de un zumo de melocotón, tostadas con mantequilla y azúcar y un pedacito de chocolate.
Mi tío seguía en casa vigilante como un halcón pendiente de un pequeño roedor. Y me hacía sentir incómodo. Tan incómodo que ya ni me molestaba en hacerme el dormido cuando se pasaba por delante de mi habitación.
Quería desafiarle.
Tras unas semanas de tira y afloja me harté de su vigilancia. ¿Qué quería de mi? ¿Quería que confesara? ¿Que le de diera un motivo para matarme como hice yo con mi propio hermano?
¿Qué quería?
Me sentía incómodo. Y aún así se paseó por delante de mi habitación escondiendo sus ojos tras esas odiosas gafas de concha. Esta vez me hice el dormido. Durante la cena deslicé en su bebida unas gotas del somnífero de Madre y en escasos minutos me tocaría mover ficha.
Por la noche el pasillo de nuestra casa era sombrío e impersonal, pero tenía cierto encanto. El tic-tac del reloj acompañaba los susurros de mis pasos y el candelabro de plata brillaba con la ténue luz de la luna reflejada en él.
Mi tío dormía con la tranquilidad de un bebé. Por primera vez en meses, me sentí el halcón y no el roedor.
Sin más, abrí su boca y vacié el resto del bote de somnífero y no contento con eso, de propina, también aseguré la jugada con algunas otras pastillas de Madre que bailaron por su gaznate sellando su destino.
Me aseguré de dejar el bote y unas cuantas pastillas tiradas sobre la mesilla de noche. Salí al jardín con las gafas de concha en mano y las estrellé contra el suelo. Las golpee con una piedra hasta que se hicieron añicos y luego las enterré. Nunca más me iluminarían esos faros.
Nunca más.
Como esperaba, al día siguiente ya no me sentía incómodo.
Padre se fue nada más enterarse de la noticia. No sé si era un hombre supersticioso o simplemente no pudo aguantar la presión, pero se fue para no volver. Madre, por su parte, incapaz de mantener la compostura acabó en una residencia mental, incapaz de utilizar ella sola el baño.
Estaba solo.
A veces, en mi madurez, he reflexionado sobre este caso en concreto. ¿Y si mi tío solo se preocupaba por mi? ¿Y si fue mi culpabilidad inconsciente la que me obligó a deshacerme de la única persona que me veía una víctima de mi propio crimen?
¿Fue realmente malvada mi conducta cuando no puedo discernir el bien del mal?
A veces me evado pensando el devenir de mi vida si hubiera sido alguien normal, como usted, pero cuando lo intento me doy cuenta de que no sé pensar como la gente normal.
Supongo que por ello me llamáis "La Bestia".

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