Requiem
Maleval llevaba en silencio todo el trayecto. La idea de reunirse con el Mariscal Graft no le entusiasmaba aunque después de lo que Crimea había hecho por él y por la Legión de Hierro resultaba imposible negarle el encuentro con su padre, el cual quedó profundamente decepcionado cuando ella rompió los votos que juró honrar.
Sabía que Crimea y su padre se escribían a menudo, pero aún así, el hecho de que en ese preciso momento en el que necesitaban más ayuda decidiera colaborar con la Legión se le antojaba de lo más extraño y oportuno. Mientras esperaban el barco que les llevaría a la isla del Tol Rauko Maleval no pudo contenerse más.
- Crimea...
- Sé que no te convence, Maleval. Pero si mi padre ha decidido ayudarnos lo hará, es un hombre de honor.
- Tu padre nos pudo ayudar en muchas situaciones. ¿Porque ahora?
- ¿Nunca te fías de nadie?
- Solo de ti, y me ha costado cinco años.
Ambos se quedaron mirando el mar desde el embarcadero del puerto por unos instantes. Ninguno de los dos habló, e hicieron del silencio su pacto por unos minutos que parecieron siglos. Maleval no era un hombre de muchas palabras, su dura vida de penurias y desgracias le habían llevado a ser un hombre de hierro.
- La puesta de sol en este puerto debe ser preciosa.
Crimea dejó escapar una risa que aligeró el ambiente.
- El gran Maleval Kaigorn entusiasmado por la belleza de la naturaleza... Nunca me lo hubiera imaginado.
- Me habré ablandado con la edad. Si hace cinco años me hubieran dicho que defendería Arkángel en vez de hacerla arder o que un profesor de universidad sería uno de los mayores hijos de puta de la historia de Gaïa no me lo hubiera creído.
El ambiente era sumamente tenso y ambos sentían que el mínimo respingo, quizás solo una palabra, podía hacerles caer en el tema que ambos querían evitar.
- ¿Has vuelto a tener mareos?
- Puedo luchar si es lo que te preocupa.
- No me refería a eso. - ladeó la cabeza.
Maleval admiraba la fortaleza de Crimea, siempre lo había hecho. En el momento en que defender Gaïa le fue más importante que su posición social, renombre y votos se ganó su confianza. Sin duda los años le habían cambiado, ella le había cambiado.
- Maleval...
- Dime.
- ¿Crees que Syl sigue vivo?
- Más le vale.
En su interior prefería no preguntárselo, al igual que prefería no recordar los rostros de todos los hombres de la Legión y civiles que cayeron en Arkángel. En una guerra muere gente, algunos son amigos, otros enemigos, pero siempre es doloroso perder a un amigo.
"Un amigo"- repitió para sus adentros casi sin creérselo.
Un barco de velas púrpuras y la bandera del Tol Rauko entró por la bahía. Por alguna razón, la espada blanca sobre el águila negra de dos cabezas siempre se le había antojado pomposa como estandarte.
- Sé amable, por favor.
- Soy encantador.
Cuando el barco ancló, un hombre de estatura más bien reducida y la armadura ceremonial de los Caballeros del Tol Rauko bajó por la tabla de embarque.
- Lady Graft y Lord Kaigorn supongo, disculpad la tardanza, hemos tenido algunos problemas con hombres de Barba Negra. Parece que ya no haya ningún lugar seguro en este mundo.
La mirada del caballero se posó sobre el gigante de hierro. Había escuchado historias acerca de sus gestas en el norte cuando luchaba por el Imperio bajo las órdenes del Señor de la Guerra Tadeus van Horsmann, pero sin duda su aspecto le resultó más impresionante de lo que esperaba.
- Soy Lord Arkyn, me encargaré de escoltarlos a la isla.
- Será un honor.- Crimea parecía hasta entusiasmada por volver después de cinco años al único hogar que alguna vez había conocido.
El viaje en barco pareció eterno, sobretodo por las noches. La mente de Maleval no paraba de divagar. No había recibido noticias de ninguno de sus compañeros y abandonar las cuevas le parecía cada vez peor idea. Incapaz de dormir se dirigió a cubierta para contemplar el mar nocturno. Tras una media hora de silencio, percibió un movimiento detrás suyo.
Tiempo atrás se habría volteado y amenazado al osado que se atreviera a acecharle, pero sabía quién era. Era ella.
- ¿Tampoco puedes dormir? - masculló.
- Tengo el estómago revuelto.
"Con tu nuevo poder viajarás a Tol Rauko y matarás al Mariscal Graft. Sally te acompañará y creará una ilusión para que ocupes su lugar durante unos días. Estoy seguro de que Malakías Graft tiene algún método para contactar con su hija Crimea."
- En cierto modo me siento culpable.
- Si la situación fuera distinta este niño sería una bendición.
Escríbele una misiva ofreciéndole la ayuda y recursos del Tol Rauko, y organiza una reunión con ella y Maleval para hacerlo oficial.
- Es una bendición. Venceremos esta guerra y salvaremos Gaïa. Mientras me quede aliento y fuerzas no dejaré que Wesaroth se salga con la suya.
Crimea sonrió.
- Siempre me arranca una sonrisa verte sin armadura.
- ¿Por qué?
- Tus cicatrices. Cuando nos conocimos no tenías ninguna.
- Sigo sin entenderlo.
- Bajo todo el acero y tu semblante sombrío se escondía un buen hombre. Un buen hombre que ha sacrificado todo lo que ha podido para salvar el mundo, incluso cuando el mundo jamás movió un dedo por él.
- Cállate. - ambos se miraron sonriendo.
"Cuando ambos lleguen ahí les habréis preparado un banquete de cortesía. Cómo Mariscal, todos los caballeros se deberán a tus órdenes. Así que dejaré en tus manos si van a probar el postre o no. "
- Es más de media noche, Maleval. Deberíamos dormir un poco antes del alba.
- Ahora te alcanzo.
Maleval quiso observar por última vez el mar nocturno antes de volver al camarote con Crimea. Por algún motivo seguía inquieto.
"Lo poco que queda de la Legión de Hierro se hará añicos sin
sus dos cabezas militares. Solo Sally y tú tenéis conocimiento
de esta misión, me decepcionarías mucho sí fracasaras Gabrielle."
La Luna se escondió detrás de nubes negras cuando el hombre de hierro entró en el camarote, algunos habrían visto un mal augurio... y otros una tormenta que se avecinaba quizás.

