jueves, 10 de abril de 2014

Requiem


Requiem

Maleval llevaba en silencio todo el trayecto. La idea de reunirse con el Mariscal Graft no le entusiasmaba aunque después de lo que Crimea había hecho por él y por la Legión de Hierro resultaba imposible negarle el encuentro con su padre, el cual quedó profundamente decepcionado cuando ella rompió los votos que juró honrar.

Sabía que Crimea y su padre se escribían a menudo, pero aún así, el hecho de que en ese preciso momento en el que necesitaban más ayuda decidiera colaborar con la Legión se le antojaba de lo más extraño y oportuno. Mientras esperaban el barco que les llevaría a la isla del Tol Rauko Maleval no pudo contenerse más.

- Crimea...
- Sé que no te convence, Maleval. Pero si mi padre ha decidido ayudarnos lo hará, es un hombre de honor.
- Tu padre nos pudo ayudar en muchas situaciones. ¿Porque ahora?
- ¿Nunca te fías de nadie?
- Solo de ti, y me ha costado cinco años.

Ambos se quedaron mirando el mar desde el embarcadero del puerto por unos instantes. Ninguno de los dos habló, e hicieron del silencio su pacto por unos minutos que parecieron siglos. Maleval no era un hombre de muchas palabras, su dura vida de penurias y desgracias le habían llevado a ser un hombre de hierro.

- La puesta de sol en este puerto debe ser preciosa.

Crimea dejó escapar una risa que aligeró el ambiente.

- El gran Maleval Kaigorn entusiasmado por la belleza de la naturaleza... Nunca me lo hubiera imaginado.
- Me habré ablandado con la edad. Si hace cinco años me hubieran dicho que defendería Arkángel en vez de hacerla arder o que un profesor de universidad sería uno de los mayores hijos de puta de la historia de Gaïa no me lo hubiera creído.

El ambiente era sumamente tenso y ambos sentían que el mínimo respingo, quizás solo una palabra, podía hacerles caer en el tema que ambos querían evitar.

- ¿Has vuelto a tener mareos?
- Puedo luchar si es lo que te preocupa.
- No me refería a eso. - ladeó la cabeza.

Maleval admiraba la fortaleza de Crimea, siempre lo había hecho. En el momento en que defender Gaïa le fue más importante que su posición social, renombre y votos se ganó su confianza. Sin duda los años le habían cambiado, ella le había cambiado.

- Maleval...
- Dime.
- ¿Crees que Syl sigue vivo?
- Más le vale.

En su interior prefería no preguntárselo, al igual que prefería no recordar los rostros de todos los hombres de la Legión y civiles que cayeron en Arkángel. En una guerra muere gente, algunos son amigos, otros enemigos, pero siempre es doloroso perder a un amigo.

"Un amigo"- repitió para sus adentros casi sin creérselo.

Un barco de velas púrpuras y la bandera del Tol Rauko entró por la bahía. Por alguna razón, la espada blanca sobre el águila negra de dos cabezas siempre se le había antojado pomposa como estandarte.

- Sé amable, por favor.
- Soy encantador.

Cuando el barco ancló, un hombre de estatura más bien reducida y la armadura ceremonial de los Caballeros del Tol Rauko bajó por la tabla de embarque.

- Lady Graft y Lord Kaigorn supongo, disculpad la tardanza, hemos tenido algunos problemas con hombres de Barba Negra. Parece que ya no haya ningún lugar seguro en este mundo.

La mirada del caballero se posó sobre el gigante de hierro. Había escuchado historias acerca de sus gestas en el norte cuando luchaba por el Imperio bajo las órdenes del Señor de la Guerra Tadeus van Horsmann, pero sin duda su aspecto le resultó más impresionante de lo que esperaba.

- Soy Lord Arkyn, me encargaré de escoltarlos a la isla.
- Será un honor.- Crimea parecía hasta entusiasmada por volver después de cinco años al único hogar que alguna vez había conocido.

El viaje en barco pareció eterno, sobretodo por las noches. La mente de Maleval no paraba de divagar. No había recibido noticias de ninguno de sus compañeros y abandonar las cuevas le parecía cada vez peor idea. Incapaz de dormir se dirigió a cubierta para contemplar el mar nocturno. Tras una media hora de silencio, percibió un movimiento detrás suyo.

Tiempo atrás se habría volteado y amenazado al osado que se atreviera a acecharle, pero sabía quién era. Era ella.

- ¿Tampoco puedes dormir? - masculló.
- Tengo el estómago revuelto.

"Con tu nuevo poder viajarás a Tol Rauko y matarás al Mariscal Graft.  Sally te acompañará y creará una ilusión para que ocupes su lugar durante unos días. Estoy seguro de que Malakías Graft tiene algún método para contactar con su hija Crimea." 

- En cierto modo me siento culpable.
- Si la situación fuera distinta este niño sería una bendición.

Escríbele una misiva ofreciéndole la ayuda y recursos del Tol Rauko, y organiza una reunión con ella y Maleval para hacerlo oficial.

- Es una bendición. Venceremos esta guerra y salvaremos Gaïa. Mientras me quede aliento y fuerzas no dejaré que Wesaroth se salga con la suya.

Crimea sonrió.

- Siempre me arranca una sonrisa verte sin armadura.
- ¿Por qué?
- Tus cicatrices.  Cuando nos conocimos no tenías ninguna. 
- Sigo sin entenderlo.
- Bajo todo el acero y tu semblante sombrío se escondía un buen hombre. Un buen hombre que ha sacrificado todo lo que ha podido para salvar el mundo, incluso cuando el mundo jamás movió un dedo por él.
- Cállate. - ambos se miraron sonriendo.

"Cuando ambos lleguen ahí les habréis preparado un banquete de cortesía.  Cómo Mariscal, todos los caballeros se deberán a tus órdenes. Así que dejaré en tus manos si van a probar el postre o no. "

- Es más de media noche, Maleval. Deberíamos dormir un poco antes del alba.
- Ahora te alcanzo.

Maleval quiso observar por última vez el mar nocturno antes de volver al camarote con Crimea. Por algún motivo seguía inquieto.


"Lo poco que queda de la Legión de Hierro se hará añicos sin sus dos cabezas militares. Solo Sally y tú tenéis conocimiento de esta misión, me decepcionarías mucho sí fracasaras Gabrielle."

La Luna se escondió detrás de nubes negras cuando el hombre de hierro entró en el camarote, algunos habrían visto un mal augurio... y otros una tormenta que se avecinaba quizás.

martes, 1 de abril de 2014

Hans era un tipo normal


Hans era un tipo normal

Hans era un tipo normal. Muy normal. Incluso extremadamente normal. Cada mañana se levantaba a las ocho en punto y su ritual matutino rara vez cambiaba. Primo ponía el pie derecho en la moqueta y luego el izquierdo. Por alguna razón pensaba que si no lo hacía así tendría un día horrible, como sucedió cierto lunes de 1987 cuando no lo hizo y sucedió en Wall Street el llamado Lunes Negro.

Continuaba su rutina golpeándose suavemente las mejillas para asustar al sueño, costumbre que tomó de niño para llegar antes que sus hermanos a desayunar y conseguir extra de sirope en sus tortitas que dos de cada tres veces no estaban congeladas.

En la universidad tomó la costumbre también de acompañar sus primeros minutos del día en tomar un buen café y hacer los crucigramas del periódico del día anterior. Lo miraras por donde lo miraras, Hans era un tipo normal.

Hans levantó la nariz de sus crucigramas para mirar de nuevo su ordenador. Aunque hacía un par de semanas que lo había adquirido aún no sabía como funcionaba y sin saber cómo había activado una opción que provocaba que su ordenador dijera por los altavoces todo lo que tecleaba, usaba y escribía. Por algún motivo eso le irritaba más de lo que debería, pero su recién adquirida tradición le requería un esfuerzo por su parte para enfrentarse de nuevo al diabólico ingenio tecnológico.

Se acercó cauteloso, casi con gracia felina y lo encendió.

CAMPO DE CONTRASEÑA - dijo la sinuosa voz de una mujer que parecía ya anciana.

Hans se rascó la cabeza dubitativo.

G. A. T. I. T. O. S. - fue deletreando la misma voz.

Era notorio el enfado del pobre hombre.

ABRIENDO NAVEGADOR.

Resopló con sorna.

WWW.YOUTUBE.COM

Un antiguo compañero de trabajo le envió un clásico powerpoint de gatos hacía unos días y a raíz de ello descubrió esa maravillosa página que rebosaba vídeos de gatos entre otras cosas sin importancia.

Buscó la palabra clave en el buscador y esperó con las manos juntas y los índices levantados sellando sus labios. Aunque sus ojos brillaban con cada visionado, no encontraba uno que no hubiera visto y eso le entristecía.

Finalmente, tras minutos de búsqueda infructuosa se le apareció un vídeo de cierto gatito de ojos azules maullando la sintonía de Juego de Tronos y por alguna razón más allá de su comprensión algo se activó en su cerebro, empezando con una risa quebrada y acabando en carcajada limpia.

Las risas, la endeble silla y sus manos unidas le pasaron factura dejándolo de espaldas al suelo con los índices apuntando al cielo.

Y en ese momento pudo ver con suma claridad como un pequeño felino de un color atigrado emanaba de la punta de sus dedos y con una preciosa parábola acababa aterrizando en su cara.

¿Acaso era posible materializar gatos de la punta de los dedos? ¿Su café había sido mancillado con alguna substancia que él no esperaba? ¿Se habría vuelto loco?

Hans era un tipo normal y la sola idea de tener tal poder le asustaba.

Mientras su pequeño huésped abandonaba la cocina, el pobre Hans se quedó observando sus dedos índice y dubitativo apuntó a las cortinas.

Recordó cierta imagen de un gato disparando al son de "pew pew" y casi con miedo separó sus labios.

- Pew... pew - susurró.

De nuevo el milagro sucedió y esta vez un diminuto gato de angora de un blanco puro salió disparado a una velocidad increíble con fatídicos resultados: El desgarramiento parcial de las cortinas Blekviva que había comprado en Ikea el mes pasado.

No sabría decir si Hans, ese hombre extraordinariamente normal, estaba sorprendido, alucinado, alegre o triste por la pérdida de sus cortinas, quizás ni él podría definirlo. Sin embargo, si algo aprendió ese día cuando se sentó en el sofá y continuó su tiroteo felino entre un torbellino de maullidos de sorpresa es que un gran poder conlleva una gran responsabilidad... ¡Y muchos gatos que alimentar!


Este texto ha sucedido por culpa de la Señorita Eruriel y su pasión por los gatos ( Y quizás ayude que sea 1 de abril ).