domingo, 27 de febrero de 2011

¿Qué Ocurre?


¿Qué Ocurre?

¿Qué ocurre, amigo?

En el fondo de tu corazón siempre has sabido que querías hacer algo grande. Siempre has querido marcar a fuego tu recuerdo en la memoria de las eras, de hacer algo decisivo, algo que marcara la diferencia.

El antes y después de tu advenimiento al mundo.

Pero con el inexorable paso del tiempo, imparcial e imposible de contradecir, te das cuenta que todo en lo que habías tenido fe no era más que una cortina de humo. Con el disfraz de una preciosa nube de verano esta cortina de maloliente humo resulta ser tóxica.

Es tóxica para cualquiera que ama la verdad, y para el que cree en el ser humano. También es tóxica para quien se esfuerza y sobretodo para quien es justo.

Creí una vez en la verdad y fui apartado por las mentes complacientes, y sin embargo, no me convertí en un mentiroso. Entonces, como el que no escarmienta, creí en la justicia... hasta que impedir un crimen se convirtió en crimen.

Y en la moral aparece entonces una encrucijada de caminos. ¿Son mis acciones realmente las que deseo? ¿No habrán inculcado en mi una tabla de valores que me convierta en una persona justa y bondadosa?

¿Y si mi naturaleza es el mal?

Coacciono mi raciocinio con una auto-impuesta penitencia. ¿Para que otorgarle al sediento enemigo agua de tu pozo? ¿Para que curar a un herido sin obtener nada a cambio?

Mi naturaleza debiera crecer de la mano del odio y el daño ajeno. Destrozar ilusiones, hundir mentes y sobretodo hacer llorar.

Eso es lo que hacéis, humanos, a pesar de todas las restricciones sociales que inventáis para evitarlo y a menudo tan solo para disimularlo, sin esforzaros en negar vuestro comportamiento vil.

Al final todo se reduce a eso.

Todo acaba en una verdad fácilmente deducible:

El Ocaso de la humanidad.

domingo, 13 de febrero de 2011

Castillo de Naipes

Castillo de Naipes

Me pregunto porque la vida no venía con manual de instrucciones.

Solucionados quedarían todos los problemas, los quebraderos de cabeza.

Nunca fui una persona normal, lo reconozco, y eso conlleva buena y mala estrella. Aunque invisibles mis virtudes, a la vista saltan mis defectos. ¿Quién podría esconder cincuenta elefantes detrás de un ratón?

¿Quién se atrevería a desafiar un Imperio cuando se carece de ojos, lengua, brazos y piernas?

Un barco hundiéndose usurpa el protagonismo a un millón surcando el mar.

Como el lunático que intenta montar castillos de naipes una aburrida tarde de domingo, me encuentro intentando conformar mi propio castillo, símbolo y herencia de mi paso por la existencia. Con esfuerzo carta a carta, reestructurando la composición de piezas cuando éstas no encajan, cambiando los sueños que no cuajan, intento evocar mi legado a este mundo.

Viciosa vanidad.

Tal vez buscando la delirante ilusión humanista que es la felicidad, un concepto complejo y simple, diferente para cada entidad. Quizás buscando una estructura de naipes que defina cual es mi realidad.

Sin embargo endeble es lo que tanto cuesta forjar, incluso el más inocente suspiro de alivio pudiera tumbar la magna obra a la que has dedicado tu ser, a la que te has entregado sin condiciones.

Un simple error, la ausencia de una tuerca, puede dejarte deudor. Deudor de una deuda que tal vez no reclama sangre y tal vez no reclama sacrificio, pero exige lo que más amas en este mundo.

Y sea lo que sea, por lo que entregarías mil veces tu vida, sabes que es irreemplazable, como si conocedor de tu pesar, guardara espera en algún lugar de tu corazón.

Irrisoria es la fragilidad con la que se sostiene tu castillo, pero no menos que la fragilidad de aquello que verdaderamente te importa.

Qué frágil es el cristal fino, y qué frágil es una hoja seca.

Y por desgracia qué frágil es la vida, que a menudo por estupidez quiebra, quiebra y quiebra.