miércoles, 26 de marzo de 2014

La Bestia II: Me Sentía Incómodo



Una semana después del fallecimiento de mi hermano Padre apenas venía ya por casa. Por otro lado, Madre se pasaba el día vaciando la bodega a un ritmo vertiginoso y por lo general cualquier visitante que se presentaba con las condolencias bajo el brazo era derivado con suma destreza y habilidad por mi tío, el cual al conocer la fatídica noticia que había golpeado a la familia vino a cuidarnos.

No paraba de preguntarme que había de mal en la desaparición de un simple humano. Era mi hermano y yo le quería, pero nuestra relación no era especial. Hay millones de hermanos en el mundo. ¿Por qué esta tragedia era más importante que un huracán en el sudeste asiático o un tsunami en una isla paradisíaca?

La policía nunca encontró ninguna prueba que apuntara a mi persona como asesino y atribuían el crimen a un psicópata obsesionado con los niños. Y a pesar de que nada apuntaba a mi, mi tío no paraba de escrutarme detrás de esas gafas de concha.

Quizás mis ojos reflejaban locura, desprecio por la vida o simplemente culpabilidad, pero por algún motivo cada vez que él me miraba sentía que me preguntaría qué pasó entre mi hermano y yo en aquel castillo abandonado. Me sentía verdaderamente incómodo.

Me sentía incómodo.

Pasados unos meses padre volvió a su forma de vida habitual, y aunque con un semblante sombrío, recuerdo que en más de una ocasión lo vi hasta medio sonreír. Madre con los meses dejó de hablar y empezó a actuar como una simple muñeca que satisfacía mis caprichos. Sus delirios que yo consideraba mis favoritos eran los que iban acompañados de un zumo de melocotón, tostadas con mantequilla y azúcar y un pedacito de chocolate.

Mi tío seguía en casa vigilante como un halcón pendiente de un pequeño roedor. Y me hacía sentir incómodo. Tan incómodo que ya ni me molestaba en hacerme el dormido cuando se pasaba por delante de mi habitación.

Quería desafiarle.

Tras unas semanas de tira y afloja me harté de su vigilancia. ¿Qué quería de mi? ¿Quería que confesara? ¿Que le de diera un motivo para matarme como hice yo con mi propio hermano?

¿Qué quería?

Me sentía incómodo. Y aún así se paseó por delante de mi habitación escondiendo sus ojos tras esas odiosas gafas de concha. Esta vez me hice el dormido. Durante la cena deslicé en su bebida unas gotas del somnífero de Madre y en escasos minutos me tocaría mover ficha.

Por la noche el pasillo de nuestra casa era sombrío e impersonal, pero tenía cierto encanto. El tic-tac del reloj acompañaba los susurros de mis pasos y el candelabro de plata brillaba con la ténue luz de la luna reflejada en él.

Mi tío dormía con la tranquilidad de un bebé. Por primera vez en meses, me sentí el halcón y no el roedor.

Sin más, abrí su boca y vacié el resto del bote de somnífero y no contento con eso, de propina, también aseguré la jugada con algunas otras pastillas de Madre que bailaron por su gaznate sellando su destino. 

Me aseguré de dejar el bote y unas cuantas pastillas tiradas sobre la mesilla de noche. Salí al jardín con las gafas de concha en mano y las estrellé contra el suelo. Las golpee con una piedra hasta que se hicieron añicos y luego las enterré. Nunca más me iluminarían esos faros.

Nunca más.

Como esperaba, al día siguiente ya no me sentía incómodo.

Padre se fue nada más enterarse de la noticia. No sé si era un hombre supersticioso o simplemente no pudo aguantar la presión, pero se fue para no volver. Madre, por su parte, incapaz de mantener la compostura acabó en una residencia mental, incapaz de utilizar ella sola el baño.

Estaba solo.

A veces, en mi madurez, he reflexionado sobre este caso en concreto. ¿Y si mi tío solo se preocupaba por mi? ¿Y si fue mi culpabilidad inconsciente la que me obligó a deshacerme de la única persona que me veía una víctima de mi propio crimen?

¿Fue realmente malvada mi conducta cuando no puedo discernir el bien del mal?

A veces me evado pensando el devenir de mi vida si hubiera sido alguien normal, como usted, pero cuando lo intento me doy cuenta de que no sé pensar como la gente normal.

Supongo que por ello me llamáis "La Bestia".

miércoles, 19 de marzo de 2014

La Bestia: Una Ventana Rota


La Bestia: Una Ventana Rota

No muy lejos del hogar donde me crié había un bosque. Solía jugar en él con mi hermano pequeño, que por aquel entonces me seguía a todas partes. 

A diferencia de mi hermano, yo fui un niño de la sorpresa que quebró los planes de futuro de nuestros padres. No  pretendo aseverar que no me amaran, pero simplemente fui inoportuno y no se molestaban en esconderlo. Sin embargo, la vida para mi hermano fue otro mundo.

Mi hermano.

Mientras que el azar gestionó mi llegada al mundo, mi hermano fue planeado y estudiado con sumo cuidado, y nuestros padres le dieron siempre todo lo que quiso. Si hermano tenía tres pares de zapatos, yo tenía unos rotos.

Nunca reconoceré que lo odiaba, pues la culpa de ese trato no era suya. Pero si debo reconocer que el monstruo de la envidia desovó en mis intestinos, y a medida que sus larvas se alimentaban de mi, fui separándome cada vez más de la razón.

Un día me interné en el bosque y descubrí una ruinosa casa. Recuerdo cada relieve de sus muros, cada ventana, cada uno de los hierbajos que la rodeaban. Y en ese devastado escenario encontré mi castillo. Algo que mi hermano no tenía. Ese sería mi castillo, y yo sería el rey.

Esa casa había sido abandonada hacía mucho tiempo, y apenas quedaba nada entero. Solo entrar se podría haber considerado un peligro. Una mesa rota era adornada con un candelabro oxidado y los peldaños de las escaleras estaban podridos. No quedaba ninguna puerta y desde luego la mayoría de las ventanas estaban rotas. A excepción de una, mi tesoro.

Desde aquel entonces, no volví a jugar con mi hermano. Me pasaba los días en mi castillo, el fortín de mi soledad. Por primera vez en mi vida había encontrado algo que mi hermano no tenía, e infantil de mi, eso me provocaba un júbilo y satisfacción desmedidos.

Si mi historia tiene un comienzo, me atrevería a afirmar que ese fue el día que mi hermano descubrió mi secreto. 

Dígame, ¿Porqué iba a compartirlo? Sé que es egoísta y sé que es una estupidez. Ladrillos viejos y óxido. Pero eran mis ladrillos viejos y mi óxido.

Debo remarcar que era mi hermano, y yo le quería. Pero la idea de que me arrebatara la única cosa que podía llamar mía me ardía como hierro candente sobre la piel desnuda. Le grité que se fuera, que éste era mi castillo.

No me hizo caso.

En ese momento enfurecí y le arrojé una piedra de gran tamaño que le golpeó con infalible certeza en un hombro. Por alguna razón sentí placer en hacerlo y recorría mi ser una viciosa sensación que se extendía hasta la punta de de cada extremidad.

Mi hermano tomó la piedra y me persiguió hasta dentro de la casa, y dando vueltas alrededor de la mesa intenté mantener la distancia. Exhausto, mi hermano realizó su contraataque y falló.

Falló.

Y como si el tiempo se detuviera, escuché resquebrajarse la última ventana entera de esa ruina. De esa casa. De mi castillo.

Algo se apoderó de mi psique. Los colores se difuminaron. Gris, marrón, naranja, rojo. Lo siguiente que puedo recordar es su pequeño cuerpo en el suelo, con un fragmento de mi único tesoro en su pecho.

Recuerdo que lloré mientras reía. Que seguí hincando el cristal en mi hermano como si quisiera penetrar hasta su alma y hacerla añicos.

Esa fue la primera vez que arrebaté una vida.

Y como bien sabe, no fue la última.

viernes, 14 de marzo de 2014

El Mago



El Mago

Cuenta la historia que una vez hubo un mago que podía hacer desaparecer cualquier cosa. 

Durante años, hizo desaparecer cantidad de objetos y sentimientos. Desapareció el miedo de muchos, desaparecieron amantes que buscaban su destino en el infinito, desaparecieron lágrimas vertidas por los pesares. Desaparecieron también pesadillas y sueños rotos. Desapareció cualquier cosa que la gente no quisiera anidar en su corazón.

Año tras año, el mago seguía impresionando a la gente. La gente, a pesar de temer sus poderes, respetaba el servicio que les podía prestar, sedientos de más. Sin embargo, un día sin previo aviso, el mago decidió retirarse a las montañas. E intentó vivir en paz el resto de sus días.

Pero como todos imaginamos, no todo va siempre como lo planeamos. Acecha el fracaso, acecha la pérdida, acecha la ignominia... o acechan las sorpresas.

Cuando el mago era ya muy anciano acudieron dos jóvenes a verle. 

Una de las almas, solitaria y perdida, se había pasado toda su vida buscando un farol que le iluminara en la oscuridad. Y ante la desesperación de no encontrar lo deseado quería abandonar este mundo. Quería que el mago lo hiciera desaparecer en los ríos del no-ser. Por encima de todo, su dolor se había convertido en la necesidad de entrar en lo desconocido sin mirar atrás, abandonar la vida vacía en la que nunca tuvo nada que realmente le importara.

El otro alma nunca había perdido nada, todos sus sueños se habían hecho realidad. Tomó todo lo que ansiaba, vivió una vida plena y convirtió su día a día en el máximo exponente de sus más recónditos deseos. Sin embargo, al tenerlo todo, no quedaba nada que anhelara. Y en su mullida y cómoda cama se intentaba relajar mientras un desazón invadía su estómago. Pues a pesar de tenerlo todo, notaba un vacío en su interior. Quería desaparecer, ir al mundo de la nada y encontrarse a si misma en la soledad de su ser.

El mago al escuchar sus historias enarcó una ceja. Se encontró con dos caras de una misma moneda y no sabía como hacerla girar. A pesar de conservar sus poderes, por primera vez se planteó entender el porque alguien querría desaparecer en vez de simplemente cumplir el deseo de sus visitantes. Las dos almas quisieron esperar a tener una respuesta del ya ermitaño.

El primer día, el mago necesitó pensarlo y mientras tomaba el té observo su patio con frustración y desconcierto. Las dos almas permanecían aisladas la una de la otra, una al lado de la otra y sin embargo a miles de kilómetros de distancia. ¿Dos caras de una misma moneda?

El segundo día, el mago prefirió pasarlo durmiendo, con la esperanza de que sus preguntas encontraran una respuesta en brazos de Morfeo. Pero al despertar estaba todavía más confuso. Dos caras de una misma moneda.

El tercer día el mago asomó la nariz al patio y observó en esas dos almas perdidas una sonrisa al mirarse de reojo. Y mientras se atusaba la barba seguía reflexionando qué hacer con esos pobres diablos que querían desaparecer. ¡Dos caras de una misma moneda!

Al cuarto día, el mago encontró la solución y con suma alegría y fervor salió al patio, dispuesto a crear un nuevo tipo de magia. Pero esa magia ya existía. Y pudo ver como las dos almas entrelazadas con dos gramos de azar se tomaban de la mano y abandonaban los límites de su morada.

Y es que la clave no resultó ser ninguna de las caras de la moneda, si no la moneda en si.

Desde entonces, cuenta la historia que una vez hubo un mago que podía hacer aparecer cualquier cosa.

jueves, 13 de marzo de 2014

De la Lucha Interior


De la Lucha Interior

Espejo
Estando en este playa abandonada me pierdo sin saber qué hacer. Desde hace demasiado las pisadas de mis sueños me guían por horrendas callejas, cayendo en desgracia, reduciéndome a la impotencia del fracaso inevitable.

Sombra
¿Y si en vez de compadecerte tomas ventaja del fracaso? El miedo te acecha como un depredador y no eres más que una oveja. ¡No me hables de sueños! ¡No me hables de callejas! Háblame de como borras esas pisadas, y háblame de escupir al viento.

Espejo
Si nada me retiene, nada me apasiona... ¿Para qué seguir un camino que no sea el que me muestran? ¿Oveja dices? Como oveja no estoy solo, como oveja vivo ignorante. Y demasiadas veces la felicidad reside en la ignorancia.

Sombra
¿Escuchas lo que dices? ¿Escuchas tus berridos? Eres un enfermo, un monstruo supongo. Llora, llora y vuelve a llorar, que claro queda que lo último que deseas es avanzar.

Espejo
¿Porque me juzgas? ¿Quién te hace acreedor de esa responsabilidad? Demasiados retales para recomponer el sentido a la vida, demasiadas caídas. No pretendas conocerme, no pretendas ayudarme... Pues no sabes de mi y no deseo que sepas.

Sombra
¿Y entonces pego la vuelta? ¿Te abandono en tu patetismo? Asco me produces. Pestilencia emana de tus palabras de cobarde. Tan perdido en tu tristeza te encuentras, que ni me reconoces. 

Yo soy quién te dice salta. 
Yo soy quién te dice avanza.
Yo soy quién te dice que es posible.

Y tu sigues en un rincón.

Espejo
No siempre fui un cobarde, hubo en tiempo en que luché, un tiempo en el que lo único que importaba era tener tiempo para correr por un prado. Un tiempo en el que ir a dormir era una aventura. Un tiempo en el que todo era color y nada me arruinaba.

Sombra
Y esos tiempos... ¿los añoras?

Espejo
Cada segundo de mi existencia.

Sombra
Entonces levántate y defiende tu visión. Despierta al lobo que hay en ti, olvida el pesar y los tropiezos. Aúlla a la Luna como si fuera la última noche.


Imágen extraída de nicubunu

jueves, 6 de marzo de 2014

Tan cerca, tan Lejos

Tan cerca, tan lejos


I
Antes de que la conociera, ya era objeto de mi devoción.
Lejos de la razón, cerca de los sentimientos, ahí yacía su imagen.
Un amor de infancia, un vestido blanco, la sonrisa más brillante.
Cálidos abrazos, tímidas miradas, esos dulces ojos verdes.

II
Grises y viles paredes confinan su alma, su ser,
¡Qué crueldad! Tan bella flor anegada en la oscuridad.
¿En que momento podré llevarla a la cuna de la felicidad?
Y cuando su piel brille, cuando su sonrisa me despierte...

III
¿Y si fuera mejor? ¿Y si el espectro de mi reflejo me diera confianza?
¿Podría entonces llevarla lejos del gris, de la mano negra, de esta vida?
Solo soy un niño contemplando las estrellas, un soldado de la inexperiencia.
Siete faros en el cielo, dos linternas en sus ojos, un latido en mi corazón.

IV
Anoche soñé una sonrisa desdibujada en el cielo, 
Y con resquemor en mis manos desee una oportunidad.
¿Incluso en el crepúsculo puede haber luz?
Palabras vacías, podridas promesas de esperanza.

V
Cual pájaro en una jaula, atrapada en cristal veo al fin,
Que es tarde para un nosotros, que es tarde para anhelos.
Fuego pintando el cielo, campanadas de funestos augurios.
Mis ojos queman, mi juicio se nubla, mi corazón en un puño.

VI
Si te hubiera perdido, podría culparme. 
Si no hubiéramos sido almas gemelas, podría olvidarte.
Si te hubieras ido, no habría intentado seguirte.
Pero me fuiste arrebatada, mi Alexia.

VII
Eras nos separan del momento de ese único beso adolescente.
Una corona de flores en tu pelo y esa melodía que hicimos nuestra.
Y ya no veo luz en el día, ya no me hipnotiza tu retrato.
Gritos ahogados en la oscuridad, redecoro la habitación con mi furia.

VIII 
Y pasado el tiempo sigo sin dudar, sigo sin creer.
Retales de lo que pudimos vivir, de lo que pudimos ser.
Una agonizante vela se ríe de mi desgracia, de mi añoro.
Y al consumirse entiendo al fin, que los recuerdos que me persiguen...

...Son tanto mi condena como mi salvación.