miércoles, 19 de marzo de 2014

La Bestia: Una Ventana Rota


La Bestia: Una Ventana Rota

No muy lejos del hogar donde me crié había un bosque. Solía jugar en él con mi hermano pequeño, que por aquel entonces me seguía a todas partes. 

A diferencia de mi hermano, yo fui un niño de la sorpresa que quebró los planes de futuro de nuestros padres. No  pretendo aseverar que no me amaran, pero simplemente fui inoportuno y no se molestaban en esconderlo. Sin embargo, la vida para mi hermano fue otro mundo.

Mi hermano.

Mientras que el azar gestionó mi llegada al mundo, mi hermano fue planeado y estudiado con sumo cuidado, y nuestros padres le dieron siempre todo lo que quiso. Si hermano tenía tres pares de zapatos, yo tenía unos rotos.

Nunca reconoceré que lo odiaba, pues la culpa de ese trato no era suya. Pero si debo reconocer que el monstruo de la envidia desovó en mis intestinos, y a medida que sus larvas se alimentaban de mi, fui separándome cada vez más de la razón.

Un día me interné en el bosque y descubrí una ruinosa casa. Recuerdo cada relieve de sus muros, cada ventana, cada uno de los hierbajos que la rodeaban. Y en ese devastado escenario encontré mi castillo. Algo que mi hermano no tenía. Ese sería mi castillo, y yo sería el rey.

Esa casa había sido abandonada hacía mucho tiempo, y apenas quedaba nada entero. Solo entrar se podría haber considerado un peligro. Una mesa rota era adornada con un candelabro oxidado y los peldaños de las escaleras estaban podridos. No quedaba ninguna puerta y desde luego la mayoría de las ventanas estaban rotas. A excepción de una, mi tesoro.

Desde aquel entonces, no volví a jugar con mi hermano. Me pasaba los días en mi castillo, el fortín de mi soledad. Por primera vez en mi vida había encontrado algo que mi hermano no tenía, e infantil de mi, eso me provocaba un júbilo y satisfacción desmedidos.

Si mi historia tiene un comienzo, me atrevería a afirmar que ese fue el día que mi hermano descubrió mi secreto. 

Dígame, ¿Porqué iba a compartirlo? Sé que es egoísta y sé que es una estupidez. Ladrillos viejos y óxido. Pero eran mis ladrillos viejos y mi óxido.

Debo remarcar que era mi hermano, y yo le quería. Pero la idea de que me arrebatara la única cosa que podía llamar mía me ardía como hierro candente sobre la piel desnuda. Le grité que se fuera, que éste era mi castillo.

No me hizo caso.

En ese momento enfurecí y le arrojé una piedra de gran tamaño que le golpeó con infalible certeza en un hombro. Por alguna razón sentí placer en hacerlo y recorría mi ser una viciosa sensación que se extendía hasta la punta de de cada extremidad.

Mi hermano tomó la piedra y me persiguió hasta dentro de la casa, y dando vueltas alrededor de la mesa intenté mantener la distancia. Exhausto, mi hermano realizó su contraataque y falló.

Falló.

Y como si el tiempo se detuviera, escuché resquebrajarse la última ventana entera de esa ruina. De esa casa. De mi castillo.

Algo se apoderó de mi psique. Los colores se difuminaron. Gris, marrón, naranja, rojo. Lo siguiente que puedo recordar es su pequeño cuerpo en el suelo, con un fragmento de mi único tesoro en su pecho.

Recuerdo que lloré mientras reía. Que seguí hincando el cristal en mi hermano como si quisiera penetrar hasta su alma y hacerla añicos.

Esa fue la primera vez que arrebaté una vida.

Y como bien sabe, no fue la última.

No hay comentarios:

Publicar un comentario