El Mago
Cuenta la historia que una vez hubo un mago que podía hacer desaparecer cualquier cosa.
Durante años, hizo desaparecer cantidad de objetos y sentimientos. Desapareció el miedo de muchos, desaparecieron amantes que buscaban su destino en el infinito, desaparecieron lágrimas vertidas por los pesares. Desaparecieron también pesadillas y sueños rotos. Desapareció cualquier cosa que la gente no quisiera anidar en su corazón.
Año tras año, el mago seguía impresionando a la gente. La gente, a pesar de temer sus poderes, respetaba el servicio que les podía prestar, sedientos de más. Sin embargo, un día sin previo aviso, el mago decidió retirarse a las montañas. E intentó vivir en paz el resto de sus días.
Pero como todos imaginamos, no todo va siempre como lo planeamos. Acecha el fracaso, acecha la pérdida, acecha la ignominia... o acechan las sorpresas.
Cuando el mago era ya muy anciano acudieron dos jóvenes a verle.
Una de las almas, solitaria y perdida, se había pasado toda su vida buscando un farol que le iluminara en la oscuridad. Y ante la desesperación de no encontrar lo deseado quería abandonar este mundo. Quería que el mago lo hiciera desaparecer en los ríos del no-ser. Por encima de todo, su dolor se había convertido en la necesidad de entrar en lo desconocido sin mirar atrás, abandonar la vida vacía en la que nunca tuvo nada que realmente le importara.
El otro alma nunca había perdido nada, todos sus sueños se habían hecho realidad. Tomó todo lo que ansiaba, vivió una vida plena y convirtió su día a día en el máximo exponente de sus más recónditos deseos. Sin embargo, al tenerlo todo, no quedaba nada que anhelara. Y en su mullida y cómoda cama se intentaba relajar mientras un desazón invadía su estómago. Pues a pesar de tenerlo todo, notaba un vacío en su interior. Quería desaparecer, ir al mundo de la nada y encontrarse a si misma en la soledad de su ser.
El mago al escuchar sus historias enarcó una ceja. Se encontró con dos caras de una misma moneda y no sabía como hacerla girar. A pesar de conservar sus poderes, por primera vez se planteó entender el porque alguien querría desaparecer en vez de simplemente cumplir el deseo de sus visitantes. Las dos almas quisieron esperar a tener una respuesta del ya ermitaño.
El primer día, el mago necesitó pensarlo y mientras tomaba el té observo su patio con frustración y desconcierto. Las dos almas permanecían aisladas la una de la otra, una al lado de la otra y sin embargo a miles de kilómetros de distancia. ¿Dos caras de una misma moneda?
El segundo día, el mago prefirió pasarlo durmiendo, con la esperanza de que sus preguntas encontraran una respuesta en brazos de Morfeo. Pero al despertar estaba todavía más confuso. Dos caras de una misma moneda.
El tercer día el mago asomó la nariz al patio y observó en esas dos almas perdidas una sonrisa al mirarse de reojo. Y mientras se atusaba la barba seguía reflexionando qué hacer con esos pobres diablos que querían desaparecer. ¡Dos caras de una misma moneda!
Al cuarto día, el mago encontró la solución y con suma alegría y fervor salió al patio, dispuesto a crear un nuevo tipo de magia. Pero esa magia ya existía. Y pudo ver como las dos almas entrelazadas con dos gramos de azar se tomaban de la mano y abandonaban los límites de su morada.
Y es que la clave no resultó ser ninguna de las caras de la moneda, si no la moneda en si.
Desde entonces, cuenta la historia que una vez hubo un mago que podía hacer aparecer cualquier cosa.

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