Y me gustaría poder pensar, sin rabiar ni rechistar, que como bien dijo el poeta, se hace camino al andar.
¿Pero que locura me llevó a caminar sin rumbo? ¿Qué ingenio me llevó a perderme más allá de donde pudiera regresar?
Sin más me dejé caer al suelo, rendido, aletargado.
Sin más me dejé caer al suelo, rendido, aletargado.
Y me pasé las eras contemplando el manto azul, ¡Y las noches contando las estrellas con mis ciegos ojos de zafiro!
Una vez... incluso me enamoré de una nube. Pues con ella manchando la neutralidad celestial, me sentí vivo. Creí inocente de mi que ella, tan pura y tan hermosa, correspondería mis sueños de enamorado si le cantaba.
Y con mi canto creí haber escarbado un rincón en su alma.
Y con mi canto creí haber escarbado un rincón en su alma.
Me complacía el que cuando el astro rey quemaba mis retinas, ella estaba ahí.
¿Pero cual era su intención?
¡Más me parece ahora que se calentara la espalda!
¿Quién si no yo sufrió los veranos calurosos?
Sin embargo, cuando el hastío del calor inundaba mi ser, hundiéndome en el tedio y aburrimiento veraniego, ella estaba ahí.
¿Pero y esa lluvia de verano? ¿De verdad era para mi?
¡Más me parece ahora que eran simples lágrimas!
E imbécil de mi, pensé que la nube me amaba. E idiota de mi quise creer que al alargar mis anhelos al cielo, ella me tomaría de la mano.
Pero un día la neutralidad celestial volvió a colorear mi camino.
Así que al parecer, inició su viaje sola.
Y aunque cada día como un buen cándido le canté las alabanzas, me abandonó.
Y aunque suspiré por volver a verla, el cielo seguía neutro y azul.
Y aunque siempre la esperé, la nube no regresó.
Y aunque no la olvidé...
ella nunca más me recordó.
