
De sueños y pesadillas
Entonces sucede.
A veces habrás oído hablar de ello, quizás no. Es como volver a nacer, solo que esta vez eres suficientemente mayor como para recordarlo.
Tras un brillante destello de luz todo parece tener un nuevo color, un nuevo olor... ¡las fresas no saben a fresa!
Ahí se encuentra un árbol, pero es un árbol loco, este árbol canta. ¿Donde has visto árboles cantar? ¿Y ruiseñores jugando al ajedrez?
En ningún lugar.
Avanzando por el bosque éste se allana y extiende en una infinita campiña verde, como esmeralda pura. Y caminas y caminas sin rumbo, porque no importa el destino si no el viaje en si.
Y de golpe empieza a llover, pero no es agua lo que cae del cielo, son lágrimas de angelitos. Ellos están tristes porque este no es tu lugar, y aunque aquí todo te es fácil y parece maravilloso... simplemente sobra.
Pero te olvidas de la situación al ver una ardilla en bicicleta ¡Y que más da si este no es mi lugar! Feliz soy aquí.
Espera... ¡Hay algo en la lejanía!
¿Otra sorpresa?
Encima la única y solitaria colina de la eternidad vestida de verde hay una mesa, alguien prepara una cena, una fiesta tal vez. Y todos son gente que quieres, todos te rodean al verte llegar.
Sonrisas, sonrisas, aullidos, gritos, lamentos.
Todo se vuelve oscuro, todo pierde su luz. El cielo se encapota, la hierba se reseca, ocres y resquemados parecen los antaño verdes campos. Las manzanas encima de la mesa, pochas, son el nuevo hogar de gusanos.
El mundo se vuelve pasto de las llamas.
Y entonces despiertas y ves con dificultad, a pesar de que tus párpados intenten reclamarte para el sueño otra vez, que el encapotado cielo no es más que tu techo, tu techo conocido.
El techo que se quemó treinta años atrás y por el cual recibiste un sustancioso descuento en el alquiler. Mirando a lado y lado empiezas a recordar quién eres y que clase de vida llevas.
En la mesilla de noche yace una jeringuilla muerta, al lado de un platito con algodón sucio, quizás aún mojado, y ves como por tus sucias sábanas se pasean unas cucarachas que te apresuras en apartar.
Recuerdas entonces cual es tu lugar en el mundo y lloras. Lloras durante horas, tantas horas que acabas perdiendo la noción del tiempo. Y entonces empiezas a gritar de tal forma que acabas con la vida de todo el que te escuche, cual maldita banshee reclamando el alma de un hombre de bien.
Y tras llorar, gritar y auto-complacerte en un oscuro rincón, te das cuenta de la realidad que te rodea. Estás triste.
Y estás solo. Y nadie te quiere. Y no quieres a nadie. Y...
Vuelves a abrir los ojos.
Buenos días, cariño. ¿A qué viene esa cara? ¿Todo bien?
Solo... una pesadilla.
Y para cerrar el telón, un beso y a dormir.
Imagen por Hada del Lago
