Por primera vez en mi vida estaba solo. Totalmente solo. Y no sabría decidirme por si esa sensación me complacía o me enfurecía. La única situación que me hizo sentir de una forma similar fue la vez que quemé un rompecabezas porque el dibujo de la caja era ligeramente distinto.
Al no tener ningún familiar cercano, la policía se encargó de mi ingreso en un orfanato, el vertedero de los niños rechazados o simplemente con mala fortuna. Para mi sorpresa el lugar resultó de lo más normal y por un momento me sentí decepcionado de que mi historia no me llevara a ser un Oliver Twist.
La vida en el orfanato provocaba una sensación de letargo en mi cuerpo y cerebro. Nunca me molesté en fijarme en cuantos niños o niñas había ahí, pues de vez en cuando alguno tenía suerte y era adoptado por una familia progresista. Por algún motivo, a ciertas parejas de mediana edad con un nivel adquisitivo medio alto les parecía una buena idea saltarse los primeros años de llanto y adoptar niños en esa franja tan preciosa que se da entre los cinco y los doce años.
Sin embargo, eso no era habitual.
Lo que si formaba parte de nuestro día a día eran los desayunos en el comedor, las horas de clase y los juegos en el patio. Recuerdo ese patio de forma totalmente nítida. Había un arenero en la parte central, un pequeño campo de fútbol, una fuente y diversos columpios; no obstante, mi parte favorita era a la sombra de un roble en uno de los extremos más apartados de esa zona de recreos.
Mientras los demás niños jugaban, yo me dedicaba a leer. El orfanato había sido antaño la casa de un hombre muy rico que dejó todos sus bienes a la beneficencia y como casa de lujo tenía una biblioteca muy bien nutrida de obras clásicas que habían estado acumulando polvo hasta que las encontré.
Solía abstraerme de todo y concentrarme en mis lecturas la mayor parte de la tarde. Un día concreto, con cierto cansancio levanté la mirada y la vi mirándome. Se llamaba Elisa y tenía el pelo cobrizo y los ojos azules, pero lo que más me llamaba la atención era su permanente sonrisa cuando se cruzaban nuestras miradas y la posterior huida por su parte.
Se reía de mi.
Era demasiado evidente que por algún motivo el que yo fuera diferente al resto le divertía. Al principio intenté controlar mis instintos, pero a medida que pasaba el tiempo, su sonrisa se me clavaba como un cuchillo y sus miradas las veía como desafíos.
Oh, si. Se reía de mi.
Pasada una semana no pude soportarlo más y empecé a pensar en como resolver el asunto, pero por muchas vueltas que le diera, todas las soluciones me llevaban a un único callejón tintado de rojo. Por algún motivo, la mayoría de mis soluciones a problemas siempre llevan a esa conclusión.
Me gustaría que me permitiera hacer una pausa aquí. Vista su reacción creo que es necesario explicarme. ¿Qué hace usted cuando una mosca le molesta? La mayoría de la gente la aplasta y no se siente mal por ello. A mi me sucede lo mismo, solo que no sé diferenciar una mosca de un humano.
Así que volviendo a Elisa, tomé la decisión que usted ya sabe. Unas noches después de haber tomado mi decisión, fui a buscarla a su cama y la desperté con una sonrisa y mi dedo índice sellando mis labios. Para mi sorpresa, se levantó con absoluto sigilo y me siguió al patio sin mediar una palabra.
La tarde anterior había preparado una afilada roca y la había dejado cerca de mi roble. Nunca más se reiría de mi.
Elisa intentó decir algo, pero le volví a señalar con mi dedo índice que lo mejor era estar callados y acto seguido le señalé los matorrales detrás del imperturbable roble y accedió. Cuando pasó delante mío me agaché con presteza y le golpee con toda mi fuerza, con todo mi ira, con todo mi ímpetu en la parte trasera de la cabeza.
Su cobrizo pelo tomó un tono carmesí, distinguible incluso bajo la luz de la luna y al girar su inerte cuerpo, pude ver como su sonrisa se había borrado para siempre.
Arrastré su cuerpo hasta el vertedero del final de la calle, eché también mi ropa, un poco de alcohol y lo incendié con una cerilla. Cuando las autoridades encontraron su cuerpo no pudieron identificar a nadie como sospechoso, pero más de uno empezaba a mirarme como si estuviera maldito. Me recorría un hormigueo cuando me miraban con temor. Por eso entendí que no me gusta estar solo. Necesito el zumbido de las moscas.
Si me disculpa me gustaría descansar, Doctor. Me han doblado la medicación desde el incidente de la semana pasada y mi cuerpo tiene sus límites.

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