sábado, 21 de junio de 2014

Dientes de León


Dientes de León

Con los brazos cruzados Seth esperó unos cuarenta minutos a que Alexia pasara todos los controles de seguridad. La última vez que le permitieron llevársela del complejo subterráneo había sido hacía ya seis meses y aunque se repetía que era por un bien mayor, en el fondo jamás estaría de acuerdo con la vida que le habían forzado a vivir.

Para él, lo más inverosímil de la situación no era que el Protectorado intentara hallar una solución al problema usando como sujetos de prueba a chicos y chicas de dieciséis años. Si no que se atrevieran a privarles de la libertad. Mientras que él que ya había estado descartado era libre de ir y venir, Alexia en su perfección era un ave que jamás dejarían volar.

Si no hubiera superado las pruebas de aptitud para que le permitieran investigar, quizás ni le dejarían verla. Y eso es lo que más temía que ocurriera, pues su primer recuerdo era ella y por algún motivo, quería que también fuera el último.

Finalmente, tras pasar el punto de seguridad exterior, se abrieron las puertas del ascensor y Seth quedó totalmente paralizado. Alexia llevaba un precioso vestido blanco que de alguna forma resaltaba sus ojos esmeralda y hacía que su hermosa sonrisa brillara más que el sol de mediodía. Cuando Alexia se dio cuenta de la mirada del escrutinio al que estaba siendo sometida no pudo contener una sonrisa.
-          No me mires así... ¡Me da verguenza!
-          Pe... perdón.
Alexia le tomó de la mano y prácticamente lo arrastró hacia algún lugar que fuera donde fuera a él le hubiera parecido bien. Subieron una colina corriendo, mientras un leve viento de abril les acariciaba el rostro.
Al llegar arriba cansados, ella se tumbó en la hierba, sonriendo al cielo y respirando con dificultad. Cuando su respiración se calmó, contempló disimuladamente a Seth, que tal y como ella esperaba estaba serio y distante, preocupado quizás.
-          Siempre que voy a la superficie contigo me siento… libre. ¡Eres como un héroe, o algo así!
Seth enrojeció mientras jugueteaba con su pelo sin saber qué decir y tras unos minutos de silencio se dejó caer a su lado.
-          Yo...
-          ¿Tu?
-          No me parece justo que te pierdas todo esto.
-          Papá dice que pronto acabarán las investigaciones y podré salir cuando quiera.
Unas cuantas nubes se arremolinaron con el viento, que arropaba el ambiente con semillas de dientes de león yendo a la deriva. Seth se quedó pensativo observando el mosaico que ante sus ojos se formaba, con una gran telar azul de fondo, pinceladas de blanco y cientos de motas de primavera.
-          ¿Porque este cielo es tan estúpidamente azul?
Alexia se giró hacia él.
-          ¿Si pudieras pintarlo de otro color, cuál sería?
-          No es posible. 
-    ¿Cual sería?
-    Supongo que verde. 
Sin que lo esperara en lo más mínimo, Alexia se le puso encima y acercó su rostro a él hasta que los ojos de ambos estuvieron a escasos centímetros. Por un momento temió que el corazón le saliera del pecho por el sobresalto.
-          ¿Así?
-          S-Si.
-          Dicen que si soplas las semillas secas de un diente de león se cumple el deseo que hayas formulado antes.
-         No hay pruebas cientí- 
-   ¡ ficas que sostengan esto! 
Seth soltó un suspiro molesto mientras Alexia empezaba a reír, hasta que finalmente se le contagió la melodía de su risa. Le pareció que el silencio se apoderaba de la colina durante un instante, con sus miradas de nuevo cruzadas empezaron los coros de la naturaleza poco a poco a formular una tonada, se inició con el viento moviendo las hojas, continuó con el canto de un pájaro solitario y finalizó con el ritmo base que marcaba su corazón en compás a sus nervios. Esto pasaría a formar una obra magna que culminaría en la única pregunta que podía formular aquel chico perdido cuya mente se encontraba siempre fija en su faro personal.
-          ¿Y tu qué pedirías?
Alexia sonrió de nuevo mientras se levantaba y empezaba a correr hacia los árboles, dejando una estela entre las innumerables semillas de diente de león. Cuando Seth recuperó la compostura se levantó de un salto y fue tras ella.
-          ¡Alexia!
Al llegar entre los árboles ya la había perdido de vista, odiaba cuando le hacía eso. Habitualmente se escondía unos instantes e intentaba asustarle. Sin embargo, esta vez no parecía evidente su escondite y no la escuchaba reír. Fue solo cuando al girarse y esperar ver la colina que había dejado atrás se encontraron los labios de ambos y el tiempo pareció detenerse.

Al separarse, con un hilo de voz, Alexia susurró una respuesta.
-          Si te lo dijera no se cumpliría.

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